
De los encantamientos a la responsabilidad profesional
Merlín necesitaba sus hechizos. Gandalf, su bastón y varios siglos de sabiduría. Harry Potter tuvo que estudiar siete años en Hogwarts antes de manejar con cierta soltura un Expelliarmus.
Los mediadores, al parecer, hemos conseguido superarlos a todos.
Durante años hemos escuchado hablar de la “magia de la mediación”, de su extraordinario poder para transformar conflictos, restaurar relaciones y convertir adversarios en colaboradores. Bastaría sentar a las partes, invitarlas a escucharse y esperar a que aparezca el entendimiento. Ni siquiera haría falta agitar una varita.
El problema es que los conflictos reales se resisten a obedecer nuestros encantamientos.
Quizá, llevados por un entusiasmo bienintencionado, hemos terminado construyendo un discurso casi maniqueo: el litigio representa el enfrentamiento, los costes y la destrucción de las relaciones; la mediación, el diálogo, la concordia y las soluciones en las que todos ganan.
Una representación reconfortante. También peligrosamente simplista.
Porque ni todos los litigios son perjudiciales ni todas las mediaciones beneficiosas. Un tribunal puede proteger derechos que una negociación no conseguiría preservar. Y una mediación mal dirigida puede agravar un conflicto, perpetuar desequilibrios o conducir a acuerdos poco convenientes.
Pensemos en dos socios enfrentados por el control de una empresa. Uno pretende abandonar el negocio; el otro, continuar. Discrepan sobre el valor de sus participaciones, desconfían de las cuentas y llevan años acumulando reproches. ¿Bastará con recordarles las bondades de la escucha activa? ¿Resolverá la empatía sus diferencias económicas?
Naturalmente que no. Habrá que identificar intereses, examinar alternativas, comprender las consecuencias jurídicas y económicas de las decisiones y determinar si existen condiciones para negociar. Todo ello exige preparación, conocimientos y experiencia profesional.
C. S. Lewis, en Cartas del diablo a su sobrino, hace que el viejo demonio Escrutopo aconseje a su discípulo Orugario sobre cómo corromper incluso las mejores virtudes. En su carta XIV le propone introducir en la mente de un hombre una reflexión aparentemente inocente: «¡Caramba, estoy siendo humilde!». El orgullo de la propia humildad terminaría haciendo el resto.
La ironía de Lewis resulta especialmente oportuna. ¿No nos habrá sucedido algo parecido? ¿No estaremos tan satisfechos de proclamar las virtudes de la mediación que hemos terminado por confundir su defensa con su ejercicio?
Porque mediar no consiste en repartir empatía, invocar el diálogo ni repetir que hablando se entiende la gente. Exige conocimientos jurídicos y técnicos adecuados al conflicto, método, imparcialidad, capacidad de análisis y criterio para reconocer cuándo procede intervenir y cuándo resulta preferible no hacerlo.
Y exige algo que rara vez aparece en los discursos entusiastas: aceptar los límites de nuestra propia intervención.
No sostengo que quienes han difundido durante años esta visión idealizada sean responsables exclusivos de las dificultades que encuentra la mediación para consolidarse. Sería incurrir precisamente en el simplismo que critico. Pero tampoco deberíamos descartar que nuestra manera de presentarla haya contribuido a generar expectativas irreales y a oscurecer su verdadera dimensión profesional.
Si todo depende de la magia, ¿para qué necesitamos profesionales?
Tal vez haya llegado el momento de abandonar las promesas universales, las virtudes proclamadas en abstracto y esa necesidad casi ceremonial de celebrar las bondades de la mediación. Una profesión no adquiere prestigio porque sus integrantes aseguren que es maravillosa, sino porque demuestran que saben ejercerla.
Y si volvemos a Lewis, recordemos que el peligro comienza cuando confundimos la satisfacción de poseer una virtud con la exigencia de practicarla.
Guardemos, pues, las varitas. Dejemos la magia a Merlín, a Gandalf y a los alumnos de Hogwarts. Ellos pueden permitirse transformar la realidad mediante encantamientos. Nosotros trabajamos con personas, derechos, intereses y decisiones de consecuencias reales.
La mediación no necesita hechiceros. Necesita buenos mediadores.
Fernando L. Camisón
FCF Abogados
